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MI PERFUME DE ESTADOS UNIDOS,

por Fabienne Antoniewski

Mi primer encuentro con él, se lo debo probablemente a Youth Dew d’Estée Lauder. Y si digo probablemente, es porque en aquella época (a fines de los 70) empecé a memorizar metódicamente todo lo que se me presentaba al olfato, y conocí también, por la misma época, Aromatics Elixir (Clinique), Alliage y Cinnabar (Lauder) que me llenaron de encanto…
Si Youth Dew quedó grabado en mi memoria más que cualquier otro, fue ante todo por su nombre, difícil de pronunciar para la adolescente que yo era entonces, la cual, para distinguirse de los demás (como corresponde a la edad y también a esa mentalidad tan deliciosamente “franchuta”) había estudiado alemán y ruso durante su escolaridad. Más allá de su identidad olfativa, que yo asociaba más al estilo de una época que a una característica cultural o geográfica de la perfumería, me había impresionado la imagen que transmitía Youth Dew, a saber la de los Estados Unidos de los años 50/60, con todo lo que ello representaba en términos de poder y de libertad. Una visión de la feminidad (casi) sin tabúes, la de las chicas “pin up”, a más no poder …
Estée Lauder, Ralph Lauren, Calvin Klein y algunos otros alimentaron el mito hasta finales de los años 80, llegando a una especie de apoteosis con Giorgio de Beverly Hills. Los Estados Unidos brillaban con un resplandor bling bling antes de tiempo, sus perfumes no le temían a nada y me hicieron falta casi veinte años para entender que esa perfumería, que me parecía entonces bastante arrogante, gozaba en realidad de carácter, de aplomo y sobre todo que había aportado sangre nueva al desembarcar en el viejo continente con sus aromas “desinhibidos”.
En Francia, el chic del chic se encontraba siempre en el triángulo de las Bermudas, en algún sitio entre Guerlain, Chanel y Dior. No nos quedábamos atrás en materia de perfumes impactantes y París estaba aún en el centro del mundo!




 
Luego –mea culpa–, me entregué a menudo al zapping respecto a las opciones olfativas del Nuevo Mundo … Overdosis de flores, afluencia de mixturas acuáticas, de la ola Calone… Y cuando, en los años 90, arremetió lo políticamente correcto del “huele bien y no mata una mosca”, me aburrí como una ostra! Pero no sólo con los perfumes de Estados Unidos … De todos modos ya no había diferencias: la perfumería se había uniformizado de un lado a otro del océano de modo que, en mi opinión, todo perdía atractivo especial o personalidad fuerte. Se alejaba sobre todo de esa fantasía muy gabacha de la supremacía francesa en materia de “buen gusto”, de firma y de competencia olfativa.
Con la distancia, diría que pasé de la visión del perfume de la bella americana entre “Pretty Woman” y “Wonder Woman”, a la sensación imprecisa de una perfumería de ascensor, invadida de olores a champú, a baños espumosos y a gel de ducha (¡de gama alta, con todo!)
Cierto es, lo confieso, que me costó entender los imperativos de esta perfumería de fines del siglo XX. No desde un punto de vista económico, desde luego, pues está al alcance de un niño de 12 años, sino más bien desde el punto de vista cultural. La idea de crear perfumes susceptibles de gustarle a todo el mundo, de un lado y otro del Atlántico, de una punta a la otra del planeta, me parecía ( y sigue pareciéndome aún hoy) un gran absurdo…

 

 
 

 



 



 
Por suerte, el principio del tercer milenio revolucionó las mentalidades. Y mientras que los exitazos seguían dominando el mercado, surgió otra tendencia: la de los perfumes “de nicho” que se multiplicaron en Francia, y luego en Estados Unidos... por ser demasiado segmentadores, vistos como muy “amateur”, sin porvenir desde el punto de vista económico, salvo en lo que respecta a las repercusiones mediáticas (se habló mucho de ellos), se los consideraba como productos experimentales y no se les daba mucho tiempo de vida. Para los amantes fervientes de perfumes atípicos, como es mi caso, eran una luz en el fondo del túnel. Dejo de lado las múltiples críticas que se les hicieron, algunas justificadas, poco importa. Lo cierto es que esos nichos despertaron la creatividad de las marcas y de los perfumistas brindándoles un nuevo territorio de expresión. Una alternativa. ¡Por fin!
Pero no era ésta su única virtud y es justamente de lo que quería hablar.
Al poner al orden del día las particularidades culturales o artísticas del perfume, el respeto de los gustos individuales y la posibilidad de una expresión olfativa a la escala de los microcosmos, los nichos contribuyeron a neutralizar la eterna rivalidad entre los perfumes de Francia, de Estados Unidos o de otros sitios cuestionando a las grandes marcas.
La iniciativa de Sniffapalooza, esa asociación neoyorquina de los enamorados del perfume sin fronteras, muestra la voluntad de hacer estallar las divisiones de los sectores y de las marcas para interesarse únicamente en el perfume como creación. Este colectivo de aficionados y de consumidores expertos, dispuestos a considerar los perfumes sin prejuicios y a intercambiar informaciones con curiosidad o con loca pasión ha logrado reunirnos. No sería capaz de enumerar la lista de los mejores “nichos” de Estados Unidos, pero cuando veo la labor del « Labo », de Demeter, o de Bond n°9 entre otros, y cuando considero el trabajo de Lauder en torno a Sensuous, o de Tom Ford con Private Blend, tengo menos miedo del futuro olfativo, de las fronteras y de los abismos culturales que nos han separado. Sé que puedo cruzar el Atlántico “sobre una estela” y encontrarme allá con chicas que se me parecen, con quienes compartir, más allá del idioma (que aún no domino perfectamente, pero voy mejorando) mi amor por el perfume. Y en este principio de noviembre de 2008 donde los Estados Unidos parecen haber pasado una página histórica desde todos los puntos de vista, siento aún más placer en poder decirlo …




Fabienne ANTONIEWSKI
Periodista de perfumes

Del marketing al periodismo, el universo de la belleza es desde hace más de veinte años el hilo conductor de su trayectoria profesional.
Colaboradora regular en la rúbrica Belleza de la revista Elle desde 1995, ha reanudado, a través de la escritura, con una de sus primeras pasiones: el perfume.
Hacer oler, hacer soñar, inventar nuevos escenarios, inventar palabras para las sensaciones: se empeña en evocar el perfume en su aspecto más íntimo y más emocional para resistir mejor a su banalización.
Abogar por la dimensión artística del perfume defendiendo la creatividad, la búsqueda de sentido y la calidad de los proyectos sigue siendo para ella uno de los desafíos esenciales de su profesión.




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